Héctor A. Gil Müller

Bienvenido a este espacio de reflexión, donde lo único que se pretende es que veamos las mismas realidades pero con diferentes ojos.

domingo, 16 de agosto de 2009

Delito y Castigo

Delito y Castigo
Héctor A. Gil Müller
Escribió Don Artemio de Valle Arizpe en su gran diligencia como cronista de la ciudad de México la historia de Félix Moncada, personaje enviciado por el juego y que se descubre robó la cabeza de un Cristo hermosamente venerado por los citadinos. Días después, tras desaparecer impune de su atroz delito, es encontrado colgado de un farol. Nadie supo si fue asesinato o suicidio, pero lo que ahora llamo es el título que Don Artemio proveyó a esta historia de la ciudad de México: “Delito con su castigo”. En el argot común la figura delictiva siempre se asocia con alguna sanción, se entiende, tras un temor racional, como la mayor falta cometida contra alguien y percibida por la autoridad. Don Artemio de Valle Arizpe nos invita pues a reflexionar sobre esa sanción. Toda mala conducta lleva su paga negativa, pregonan todas las reglas morales, el castigo Divino ante la maldad trae el mayor de los castigos. Feodor Dostoyevsky plasmó en su obra “crimen y castigo” lo tremendamente dolorosa que se convierte la culpa tras una conducta atroz. Algo, quizá implantado genéticamente, quizá inmerso en nuestro ambiente de madurez, quizá incrustado en nuestra cultura, nos invita a creer que ante la mala acción una peor nos será retribuida.
El hombre ha ido poniendo en practica esa idea y castigar una acción contraria a lo que el común comprendería como correcta no ha sido dejada al destino, divinidad, espíritu o alma, la carga del castigo sino que él mismo ha buscado aplicar sanciones dolorosas que enseñen no solo al infractor sino a toda la comunidad la paga de su acción, por ello la publicidad de las sanciones. Delito con su castigo, un binomio ya inmerso en nuestro pensar y en la imagen que tenemos del actuar. En la leyenda que Don Artemio compiló no sabremos quien proveyó el castigo para la acción, sin duda no fue el Estado quien lo hizo, pero ¿será el fiel envalentonado que tras enterarse del enorme sacrilegio cometido se convierte en paladín de su religión y con gallardía va y mata a Félix Moncada? O ¿seria el mismo Félix que consiente de la tremenda falta que hizo no encontró motivo para su subsistir, la culpa le corrompió las entrañas hasta cruzar la línea del continuo espíritu de vivir?, son preguntas que la historia no responde pero que si invitan a la reflexión.
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